¿A quién seguimos? ¿En quién creemos?
Tres fundamentos cuando comienza la fe cristiana
Hay preguntas que parecen simples, pero en realidad definen el rumbo de toda una vida. Una de ellas es esta: ¿a quién seguimos? ¿en quién creemos?. Cada ser humano, de una manera u otra, sigue alguna voz. Algunos siguen la voz de la cultura, otros la opinión de sus amigos, otros las emociones del momento o las ideas que predominan en su entorno. Todos creemos en algo, todos confiamos en algo, y todos aprendemos a vivir escuchando alguna influencia que orienta nuestros pasos.
La fe cristiana comienza cuando una persona descubre algo distinto: una voz que llama. No comienza simplemente cuando alguien adopta una religión o suma una costumbre espiritual a su vida. Comienza cuando una voz se vuelve más clara que todas las demás y la persona decide caminar detrás de ella. Por eso, al acercarnos a la Biblia no buscamos solamente respuestas rápidas o frases bonitas. Buscamos aprender a mirar el texto bíblico hasta que el texto nos mire a nosotros, bajo la luz de Jesucristo.
En ese sentido, cuando alguien empieza a creer aparecen tres fundamentos que ordenan toda la vida cristiana. El primero tiene que ver con a quién seguimos. El segundo con en quién creemos. Y el tercero con de dónde aprendemos a vivir.
La primera pregunta es esencial: ¿a quién seguimos?. La fe cristiana no comienza con una idea, ni con una emoción, ni siquiera con una institución religiosa. Comienza con una Persona viva. En el evangelio encontramos estas palabras de Jesús:
> “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen.”
— Juan 10:27
Este versículo es breve, pero contiene una estructura muy profunda. Aparecen cuatro palabras clave: oyen, voz, conozco y siguen. El actor principal del texto es Cristo. Él es quien habla, quien conoce y quien llama. La respuesta humana aparece después: oír y seguir. El versículo une dos realidades mediante el conector “y”: por un lado la relación —“yo las conozco”— y por otro la dirección —“me siguen”. Jesús no se presenta solo como alguien que enseña ideas; se presenta como alguien que conoce a sus ovejas y las guía. Esto significa que la fe cristiana no comienza primero con una decisión humana, sino con una voz divina que llama. Primero habla Dios, luego responde el ser humano. El que aprende a reconocer la voz de Cristo comienza a caminar detrás de Cristo.
Pero la segunda pregunta es igualmente importante: ¿en quién creemos?. Creer, en el lenguaje bíblico, no significa solamente aceptar información sobre Dios. No es simplemente estar de acuerdo con ciertas doctrinas. Creer significa apoyar el peso de la vida en alguien. Jesús lo expresa con claridad cuando dice:
> “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.”
— Juan 14:1
En este versículo aparece una repetición importante: el verbo creer se menciona dos veces. También hay un contraste implícito entre un corazón turbado y la confianza en Cristo. Jesús no dice simplemente “crean en Dios”. Dice algo más profundo: “creéis en Dios, creed también en mí”. Con esto se coloca en el mismo lugar que Dios como objeto legítimo de fe. No se presenta como un maestro más, ni como un profeta más, ni como un ejemplo moral más. Se presenta como el fundamento de la confianza. Creer en la Biblia se parece a algo muy sencillo: sentarse en una silla. Cuando uno se sienta, no analiza la silla durante horas. Simplemente pone todo su peso sobre ella. Jesús está diciendo algo así: pon el peso de tu culpa, el peso de tu miedo, el peso de tu futuro, el peso de tu vida sobre mí. Por eso comienza diciendo: “No se turbe vuestro corazón”. Un corazón que cree en Cristo no está libre de dificultades, pero ya no está solo en medio de ellas.
La tercera pregunta completa el cuadro: ¿de dónde aprendemos a vivir?. Si seguimos a Cristo y creemos en Cristo, entonces necesitamos una autoridad que forme nuestra vida. La Biblia responde esta pregunta con claridad. El apóstol Pablo escribe:
> “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia.”
— 2 Timoteo 3:16
Este versículo describe cuatro acciones de la Escritura: enseñar, redargüir, corregir e instruir. La fuente de esta autoridad es clara: Dios mismo. La Biblia no es simplemente un libro interesante, ni un conjunto de reflexiones espirituales, ni un manual de consejos morales. Es una palabra que procede de Dios. Por eso no solo informa: forma. Enseña el camino correcto, muestra cuando nos desviamos, nos vuelve a colocar en el camino y nos enseña a caminar firmemente en él. La Escritura no es un espejo diseñado para que nos sintamos bien con nosotros mismos. Es una luz que evita que nos perdamos. Y toda esa luz tiene un centro: apunta a la persona, al carácter y a la obra de Jesucristo.
Si juntamos estas tres preguntas aparece una declaración central que resume el comienzo de la vida cristiana: seguimos a Cristo, creemos en Cristo y aprendemos a vivir por la Palabra que revela a Cristo. Esa es la base de todo lo demás.
Por eso, cuando abrimos la Biblia no la leemos como cualquier libro. No la leemos simplemente para ganar discusiones o para acumular información religiosa. La leemos para escuchar una voz y caminar detrás de ella. Aquí aparece una regla muy importante para cualquier estudiante de la Escritura: antes de decir “yo pienso”, debemos poder decir “el texto dice”. Esto implica algo muy serio. Significa que la Biblia no está para confirmar nuestras ideas; está para gobernarlas. Significa que Dios no vino a ser parte de nuestra historia personal; más bien nosotros somos llamados a entrar en la historia que Dios está escribiendo.
Al final, la fe cristiana no es simplemente un sistema de ideas ni un conjunto de prácticas religiosas. Es un camino. Un camino donde Cristo va adelante, su voz marca la dirección y su Palabra corrige nuestros pasos cuando nos desviamos. Y nosotros caminamos detrás de Él, no como expertos ni como maestros, sino como personas que han aprendido a reconocer la voz de su Pastor.
Porque en el fondo, la vida cristiana es esto: caminar detrás de la voz de Dios.
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